METAMORFOSIS

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Metamorfosis (1905)  –  Luis Gonzaga Urbina

Era un cautivo beso enamorado
de una mano de nieve, que tenía
la apariencia de un lirio desmayado
y el palpitar de un ave en la agonía.
Y sucedió que un día,
aquella mano suave
de palidez de cirio,
de languidez de lirio,
de palpitar de ave,
se acercó tanto a la prisión del beso,
que ya no pudo más el pobre preso
y se escapó; mas, con voluble giro,
huyó la mano hasta el confín lejano,
y el beso que volaba tras la mano,
rompiendo el aire, se volvió suspiro.

 

© Imagen: Conchita Meléndez

© Texto: Luis Gonzaga Urbina. Poeta mexicano (Ciudad de México, 8 de febrero de 1864 — Madrid, España, 18 de noviembre de 1934)

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EL PESCADOR

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Aquel día Juan salió a pescar y no volvió más. Se levantó temprano como todos los días, fue al muelle y preparó las redes, acomodó los aparejos y se aseguró de que todo estaba en su lugar. Estaba nublado, como casi siempre en esas latitudes, y una fina llovizna caía sobre la barcaza dejando un reguero de húmedos hilillos en el casco azul y blanco de la embarcación.

Marinero avezado y pescador curtido, sabedor de su habilidad para manejar las olas y las mareas, se dirigió a la bocana y enfilo la proa hacia el mar. Al pasar junto al espigón saludó con la mano a un par de amigos que aún remoloneaban por allí mientras echaban el último pitillo antes de embarcar.

Fueron los últimos que le vieron. Dicen los viejos del pueblo que probablemente harto de una vida triste y gris encaminó su rumbo hacia otros lares. Las mozas cuentan que tal vez encontró a su sirena, una de largas trenzas y suave voz con la que llevaba soñando toda su vida. Los niños por el contrario narran historias de piratas, de cómo Juan derrotó al malvado Barba Roja y se hizo con el mando del bergantín para explorar lejanas islas paradisiacas llenas de hermosas playas y abundantes tesoros.

La guardia costera cuenta otra historia, pero esa no le interesa a nadie.

 

Fotos y Texto: © Conchita Meléndez

EL CARRUSEL

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Todo giraba a mí alrededor y yo veía la vida pasar,

al principio más lenta de lo que deseaba,

tan ansiosa estaba por llegar no sé a qué lugar,

luego, con el tiempo, más rápida de lo que hubiera querido,

apenas me daba tiempo a disfrutar de los momentos felices

y éstos ya se habían ido.

Déjame dar una vuelta más, no pares, no te detengas,

no hagas sonar la sirena.

Déjame volar en mi unicornio y sentirme niña de nuevo.

 

Fotos y Texto: © Conchita Meléndez

DOMINGO DE RASTRO

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Fotos: © Conchita Meléndez

COSAS DE VERANO

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Fotos: © Conchita Meléndez

MEMORÁNDUM

 

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Amaneció con sol. Sobre nuestras cabezas se proyectaba un azul casi infinito y una ligera brisa  nos acariciaba la piel. Esa piel casi transparente, tan transparente como nuestros raídos uniformes.

En los ojos de los niños, niños a pesar de todo, se adivinaba una chispa de placer que fue rota por el sonido de la sirena.

Pronto llegaron los perros, los de dos y los de cuatro patas. Fueron apartándonos en dos grupos. A la derecha aquellos aún útiles para el trabajo, a la izquierda los más débiles: ancianos, niños, mujeres y algunos hombres, los menos afortunados, si es que alguno lo éramos.

Se los llevaron hacia el pabellón seis. Nunca volvimos a verlos.

Unas horas después el cielo se tiño con una densa neblina y sobre nosotros empezó a caer una lluvia de ceniza que cubrió el suelo en un instante.

Las huertas se abonaron con la sangre de nuestros hermanos, de nuestros hijos, de nuestros padres, de todos aquellos a los que no olvidaríamos.

 

Texto y Fotos: © Conchita Meléndez