MEMORÁNDUM

 

Praga-29

 

Praga-30

Amaneció con sol. Sobre nuestras cabezas se proyectaba un azul casi infinito y una ligera brisa  nos acariciaba la piel. Esa piel casi transparente, tan transparente como nuestros raídos uniformes.

En los ojos de los niños, niños a pesar de todo, se adivinaba una chispa de placer que fue rota por el sonido de la sirena.

Pronto llegaron los perros, los de dos y los de cuatro patas. Fueron apartándonos en dos grupos. A la derecha aquellos aún útiles para el trabajo, a la izquierda los más débiles: ancianos, niños, mujeres y algunos hombres, los menos afortunados, si es que alguno lo éramos.

Se los llevaron hacia el pabellón seis. Nunca volvimos a verlos.

Unas horas después el cielo se tiño con una densa neblina y sobre nosotros empezó a caer una lluvia de ceniza que cubrió el suelo en un instante.

Las huertas se abonaron con la sangre de nuestros hermanos, de nuestros hijos, de nuestros padres, de todos aquellos a los que no olvidaríamos.

 

Texto y Fotos: © Conchita Meléndez

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