SALÓN ROSADO DE LA TROPICAL

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El hispanista Don Fernando Ortiz decía que la historia de Cuba está en el humo de su tabaco y el dulzor del azúcar. También está en el sandungueo de su música. Y para triunfar en Cuba como grupo de música popular bailable, hay que “pasar la prueba” en el Salón Rosado de la Tropical de Beni Moré. Un lugar abierto al público a mediados del siglo pasado y al que los bailadores cubanos siguen considerando “La Catedral del Baile de América Latina”, como lo denominó hace años el reconocido musicólogo Ned Soublette, en el New York Times.

 

Este espacio que en sus inicios tuvo capacidad para unos diez mil asistentes, puede acoger ahora a unas dos mil personas y podría decirse que la gente que allí se reúne está en la franja de edad que va desde la infancia a los más de 90 años de algunos de sus parroquianos. Y es que la llamada tercera edad sigue asistiendo cada domingo de la temporada a escuchar a la orquesta de turno o a rememorar, con música grabada, canciones de Arsenio Rodríguez, Beny Moré, Arcaño o Félix Chapotín. Y no sólo a escuchar, sino también a cimbrear sus caderas al ritmo de la música. A los no iniciados nos produce verdadera envidia ver como hay gente que con más de ochenta años baja la escalera que conduce a la pista al compás de la salsa y no pararán de bailar hasta que la orquesta que ocupa el escenario dé por finalizada la jornada. Este trabajo pretende ser un homenaje a todos ellos, a los que sienten en su interior la fuerza de la música y el baile, a quienes por unas horas lo único que les preocupa es el seguir el ritmo.

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CUANDO SUBA LA MAREA

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Cuando suba la marea y el Atlántico derrame sus lágrimas en tus aceras,

cuando caiga la noche y el sol en su descenso tiña de rojo el malecón,

cuando suenen las notas de una guitarra y el cantor entone una balada,

cuando los amantes derramen el vino de su amor,

Entonces y sólo entonces, te dedicaré un poema.

No le cantaré a tus viejas heridas, ni a los héroes de tus batallas,

tampoco a tus extensas playas de aguas cristalinas,

ni a los campos de caña o de tabaco.

No malgastaré la tinta de mi pluma escribiendo soflamas

y  tampoco pintaré los muros de tus calles con consignas trasnochadas.

Pero tu gente, ¡oh tu gente!,

tus hermosas mujeres de cimbreantes caderas,

los dorados torsos de los jóvenes empapados de sudor tras la danza,

las sonrientes caras de los niños que juegan a pelota en la Plaza Vieja,

ellos si merecen mis versos.

 

Fotos y Texto: © Conchita Meléndez

LOS FOTÓGRAFOS FOTOGRAFIADOS

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Y los dioses bajaron a la tierra y probaron el vino de las viñas,

comieron del puchero que se cocinaba lentamente en el fuego del hogar y

yacieron con las hermosas mujeres que habitaban en la aldea.

Entonces, ya no quisieron volver al Olimpo.

Se conviertieron en simples mortales.

 

Texto y Fotos: © Conchita Meléndez