MIGRANTES

evacuacion

Vinieron del sur,

traían el corazón lleno de esperanza

y arena en los zapatos.

Cruzaron el océano

huyendo del hambre y la miseria,

pero no son refugiados,

algunos ni siquiera existen,

son sólo “sin papeles.”

Se desloman la espalda

bajo un mar de plásticos

o vendiendo sucedáneos de moda

a quienes quieren que se vayan

porque “les quitan el trabajo.”

Viven en pisos pateras,

duermen en camas calientes,

comen comida basura,

rezan a un dios diferente.

Su música está llena de añoranza

de lo que dejaron atrás

y sin embargo siguen llegando.

No puedo dejar de preguntarme

qué es aquello tan horrible

que los empuja a jugarse la vida

por un futuro tan incierto.

 

Texto y Fotos: © Conchita Meléndez

EL DESCONOCIDO

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Sólo le vi una vez. Estaba al final de la barra del bar, apoyado sobre el mostrador. Delante de él había un vaso de wisky a medio terminar que su mano sujetaba con fruición. Se notaba que era un hombre joven aunque llevaba una larga barba blanca y  algunos  hilos plateados empezaban a blanquear sus sienes. Unos impresionantes ojos azules iluminaban  su rostro, a pesar de esa mirada triste que se perdía en el vacío.

Se notaba que la vida no le había tratado bien. O tal vez que había abusado de ella. Sus manos, que le temblaban ligeramente cada vez que levantaba el vaso, parecían duras y ásperas y estaban curtidas por el frío y el trabajo.

Saco un cigarrillo de un paquete de Malboro que había junto a él e hizo amago de encenderlo. El camarero, que se entretenía en sacar brillo a unos vasos con una gamuza de color azul le miró e hizo un gesto negativo con la cabeza. Con cara de fastidio el desconocido volvió a guardarlo. Apuró el líquido ambarino que quedaba en su copa, se colocó el sombrero sobre la cabeza y bajándose del taburete se dirigió a la salida con paso cansino.

Al pasar por mi lado vi que en la mano izquierda llevaba una pequeña campana que soltó un ligero tintineo al rozar una de las mesas. Abrió la puerta de la calle y una ráfaga de viento helado empujo hacia el interior algunos copos de nieve. Le seguí, no sé muy bien porqué, y tras unos minutos caminando bajo aquel frío desgarrador observé como se detenía en la esquina de la calle 42 con la Séptima Avenida, justo junto a la entrada del metro en el corazón de Times Square.

De pronto se abrieron las puertas de la estación y decenas de hombres y mujeres vestidos de rojo como él y luciendo también largas barbas blancas, salieron a la calle e inundaron las aceras. Fue entonces cuando me miró y soltando su característica carcajada, ¡Ho, ho ho! se señaló a sí mismo y movió la cabeza de arriba abajo, en un gesto que claramente indicaba: “Sólo yo soy de verdad, yo soy el auténtico.” Y yo le creí.

Aún permanecí allí unos segundos mientras veía como aquella jauría humana se iba dispersando  por todo el Midtown y mi desconocido se perdía entre ellos. Luego, volviendo sobre mis pasos me dirigí de nuevo hacia Murray Hill, hacia el calor de mi apartamento en donde aquella noche le escribí una extensa carta a Santa Claus.

 

Texto y Fotos: © Conchita Meléndez