LA VIEJA DE LAS PALOMAS

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Estaba allí sentada, en medio de aquel batiburrillo de coches aparcados por doquier y un mar de palomas.

Completamente vestida de negro, con el color de ese luto perpetuo que adquieren algunas mujeres cuando la vida les quiebra el alma en algún momento indefinido de su existencia, soportaba el tórrido sol que amenazaba con descomponernos a todos en pequeños charcos innavegables.

El día había amanecido duro y a las doce de la mañana la canícula golpeaba con furia sobre el nutrido grupo de turistas que se apiñaban junto a la puerta de entrada del Centro Portugués de Fotografía, aquel edificio señorial, enclavado en la Judiaria de la ciudad de Oporto y tras cuyas paredes otrora existió una cárcel.

Nadie la prestaba atención, cada uno ocupado en sus propios pensamientos, o conversando con amigos o parientes compañeros de aventuras. Parecía que sólo yo me hubiese percatado de su existencia. Durante un rato observé como con movimientos lentos introducía sus manos artríticas y deformadas en una gastada bolsa de plástico y tras extraer de ella un mendrugo de pan, lo iba desgranando poco a poco para arrojárselo a aquellos animales que se arremolinaban a su alrededor y se lanzaban feroces sobre cada una de las migas esparcidas por el suelo.

Sin poder evitarlo me acordé de la escena de una película que viera de niña, Mary Poppins, en la que otra anciana, no muy distinta de la que tenía delante, sentada sobre los sucios escalones de la Catedral de St. Paul’s en Londres, se ocupaba también de alimentar a las aves, “…Compre usted migas de pan, dos peniques cuestan, no más…..” y recordé la tristeza que me produjo ya entonces aquella imagen, aunque en aquel momento no supiera el porqué.

Podría haberme acercado a ella, sentarme a su lado y tal vez haber intentado un connato de conversación, seguramente no muy fructífera dado lo limitado de mis conocimientos de su lengua, pero no lo hice. No sé si porque con ello habría borrado la magia de la escena y las reminiscencias de mis sueños infantiles o tal vez fuera simple dejadez. Me limité a hacer un par de fotos y seguí mi camino. Sólo al volver a casa y contemplar las imágenes sentí que algo de mí se había quedado en aquella plaza con la vieja dama de las palomas.

 

Texto y Fotos: © Conchita Meléndez

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