María La Portuguesa

Retratos-06

Como cada día se sentó en el quicio de la puerta a ver pasar el tiempo, a contemplar las caras de los viandantes con la esperanza de que alguna fuera conocida, a esperar la llegada del cartero para ver si traía alguna noticia del otro lado del mar.

Hacía tanto tiempo que ellos habían partido. Sus tres hijos se habían marchado a buscar fortuna a esa tierra que parecía prometerlo todo a todos, pero que sólo unos pocos habían conseguido conquistar. Primero fue Joao, el mayor, harto de faenar en aguas del atlántico para apenas ganar un menguado sustento que no alcanzaba para alimentar tantas bocas. Dos años más tarde le siguió Amando, que acudió al reclamo de su hermano para trabajar en las minas de oro en Minas Gerais, al sudeste de Brasil.

Años después, sería Amalia, la menor de su prole quién, acompañada de su esposo Luis, marcharía hacía Francia  buscando un futuro mejor. Al partir, dejaron a su cuidado a los dos nietos habidos del matrimonio pero una vez que se establecieron en el país volvieron a por ellos dejándola en completa soledad. Su marido hacía mucho que había fallecido y no le quedaban parientes en aquella ciudad con un cierto aire británico en la que antaño se asentaran los comerciantes de vino ingleses.

Los primeros años estuvieron plagados de cartas y misivas que algún vecino amable e ilustrado le leía a la luz de la lumbre mientras degustaban una copita de Oporto. Luego, con el tiempo, la distancia entre una epístola y otra se fue alargando y las promesas de volver a por ella quedaron en el vacío, ese vacío que a menudo engulle los buenos deseos cuando la vida corre paralela a los sueños sin llegar a tocarlos.

María sabía que no volvería a verlos, pero aun así, no dejaba de cumplir su ritual de cada día y pacientemente se sentaba en aquel escalón viendo pasar la vida, charlando con alguno de los muchachos que jugaban en la calle o con los parroquianos del bar de al lado. La esperanza es el sueño del hombre despierto, decía Aristóteles, y aquella mujer mantenía sus ojos bien abiertos y el sueño distante por si acaso.

 

Texto y Fotos: © Conchita Meléndez

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