LA FERIA

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Y  nosotros  salimos  ganando  porque  la  feria  de Zapotlán se  hizo  famosa  por  todo  este   rumbo.   Como   que   no   hay   otra   igual.   Nadie   se   arrepiente   cuando viene   a pasar  esos  días  con  nosotros.  Llegan  de  todas  partes,  de  cerquitas  y  de  lejos,  de  San  Sebastián  y  de  Zapotiltic,  de  Pihuamo  y  desde  Jilotlán  de  los  Dolores.  Da  gusto  ver  al  pueblo  lleno  de  fuereños,  que  traen  sombreros  y  cobijas  de  otro  modo,  guaraches  que  no  se  ven  por  aquí.  Nomás  al  verles  la  traza  se  sabe  si  vienen  de  la  sierra  o  de  la  costa. Muchos  tienen  que  quedarse  a  dormir  en  los  portales,  en  el  atrio  de  la  Parroquia  o  en  la  plaza,  junto  a  los  puestos  de  la  feria,  porque  no  hay  lugar para tanta gente. En todas las casas hay parientes de visita y duermen de a   tres   y   de   a   cuatro   en cada   pieza.   Los   corrales   se   vacían   de   gallinas   y guajolotes. Y no hay puerco gordo, ni chivo, ni borrego que llegue vivo al Día de la Función…

Fragmento de la Novela “La Feria”,  de Juan José Arreola

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LA CÁNICULA

Cánicula

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No mueve el viento una hoja,

el sol está en lo más alto,

sale fuego del asfalto

y yo empapada en las sábanas

siento que me estoy liquando.

No hay flores en los cerezos,

ni niños jugando  en la plaza.

Un silencio sepulcral

invade las calles de mi barrio

esperando que pase la cánicula

para poder al menos respirar

sin sentir fuego en las entrañas.

De pronto una gota

golpea los cristales de mi ventana

y veo como el tenúe visillo se agita

apenas un segundo.

Falsa alarma,

la vecina está regando las macetas.

 

Texto y Fotos: © Conchita Meléndez