Cuando Fumar No Era Un Delito

La-dama-de-la-gorra

Yo había pedido un café, miré por la ventana un segundo, mientras esperaba,  y allí estaba ella.  Con una boina ladeada en la cabeza  al estilo francés.

Ya no era una niña,  su rostro y sus manos delataban el paso de la vida, de una vida con pocas concesiones. Sin embargo su porte permanecía erguido y había un cierto aire de desafío en su mirada. El pelo rubio teñido, mostraba un aspecto pajizo y el maquillaje se veía deslucido en algunos puntos y absolutamente trasnochado. El rojo de sus labios, sin embargo, permanecía intacto y casi resultaba obsceno a esas horas de la mañana.

A su lado, sobre la mesa, se esparcían los restos del desayuno, una taza vacía con marcas de carmín y algunos trozos de baguette, ahora ya resecos  y embadurnados de mantequilla. Junto a ellos un cenicero repleto de colillas  parecía querer mostrar el tiempo que aquella mujer llevaba sentada en la terraza, a pie de calle, a pesar del gélido frío de noviembre.

De un paquete de Royale extrajo un nuevo cigarrillo y haciendo pantalla con sus manos para que el viento no apagara la llama del mechero lo encendió, dando una inmensa calada que le llego hasta lo más profundo de su ser. Cogió el vaso de agua que tenía al lado y bebió un largo sorbo, como si con él quisiera compensar y resarcir a sus pulmones por el daño que les estaba causando.

Un joven que transitaba por la acera con chaqueta de pana marrón y una bufanda de cachemira enrollada al cuello se le acercó y presumiblemente le pidió un pitillo, ya que ella abrió el paquete y le mostró que estaba vacío. El chico encogió los hombros en un gesto de conformidad, sonrió y siguió su camino. Ella aplastó el paquete entre sus dedos y volvió a dejarlo sobre la mesa. Se llevo  el cigarrillo a los labios e inhaló con auténtico placer. El humo  se esparcía por el aire, formando unas pequeñas volutas azuladas que tras apenas un instante de danza desaparecían sin dejar rastro.

El camarero apareció a mi lado de forma tan sinuosa que no le oí llegar. Dejó la bandeja sobre la mesa y fue pasando el contenido a la misma de forma parsimoniosa, primero el zumo de naranja, luego la taza con el azucarillo,  unos pequeños cuencos con mantequilla y mermelada de arándanos, la tostada y el agua. Cuando se retiró y yo terminé de organizar todo aquello, volví a mirar por la ventana. Ella ya no estaba. Se había perdido entre la gente que transitaba por la avenida y había dejado un vacío en mí, un deseo de saber más, de conocer su nombre y de dónde venía, de percibir porqué estaba sola, de averiguar cuantas historias y cuantos cigarrillos habían dejado marca en su vida.

Abrí Le Figaro por sus páginas centrales dispuesta a leer los acontecimientos del día, pero nada de lo que allí ponía me resultaba interesante, sólo eran las mismas noticias de siempre, los mismos políticos, los mismos problemas, la misma rutina, nada que ver con la vida real.