Nostalgia

Lisboa_CM-06

Huele a sardinas y a mar, aunque no lo haya.

Por sus venas corren las aguas del Tejo

que se desliza lentamente en un constante fluir hacia adentro,

hacia el corazón de una ciudad añeja y trasnochada.

De los balcones de sus abigarradas calles

cuelgan lágrimas de colada recién tendida

y en cualquier esquina se puede escuchar

una especie de lamento

que, en sordina y con delicada cadencia,

surge del interior de una taberna

en la que se mezcla el vino o el bagaçeira

con el humo del tabaco.

Con el cuerpo herido y cuajado de cicatrices

por las que transitan los tranvías

resiste, entre callada y pizpireta,

ese despertar que nunca llega.

Al caer la noche la luna crea una ilusión,

la de ser parte de un mundo cosmopolita,

la de pertenecer a esa puta llamada Europa

que reparte sus favores con desigual fortuna.

Me duele y me agota, pero la siento próxima,

como hermana y compañera del lugar en que yo habito.

Me hace soñar y me sumerge en un mundo de nostalgia.

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