Mañanas de Domingo: Reincidente

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Me confieso reincidente. Reincidente de la vida, del amor, de la amistad, de la alegría, de la música, de los paseos por mi ciudad en las mañanas de domingo.

También me confieso reincidente del placer de contemplar la sonrisa de los míos, de participar en una buena conversación, de la dicha de leer un buen libro o contemplar una obra de arte.

Me confieso reincidente de pensar sin avergonzarme por ello, de decir lo que siento cuando lo siento, de llorar de pena y también porqué no de felicidad.

Me confieso reincidente de luchar por mis ideas, de defender aquello en lo que creo, de dudar de la palabra de quienes aseguran que tienen la razón.

Me confieso reincidente de soñar hasta cuando no estoy dormida, de disfrutar de las cosas pequeñas, de imaginar un futuro a lo grande.

Me confieso cautiva de tus besos, de la luz que ilumina tu mirada, de desear que me desees. De todo eso y mucho más me confieso reincidente.

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El grito del silencio

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Era una protesta muda. Sin una sóla palabra fueron capaces de expresar todo el dolor de un pueblo. En silencio rogaban por sus muertos y por los muertos de sus muertos; por esa tierra arrebatada cuya frontera estaba teñida con la sangre de los de uno y otro lado. Soñaban con que sus hijos pudieran algún día corretear libremente por el campo y elevar sus cometas hacia un cielo en el que volaran pájaros y no misiles. Aún tenían fe, a pesar de todo seguían creyendo que algún día podrían vivir en paz.

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No se puede matar a los muertos

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Él tenía su amor intacto

nadie le había enseñado a usarlo

y no venía con libro de instrucciones.

Ella hacía tiempo que había gastado el suyo

y se notaba en los surcos de su rostro.

A fuerza de no regarla

su piel se había vuelto yerma y gris,

tenía grietas en el alma.

Se conocieron en una esquina cualquiera,

ajustaron precio y subieron despacio

los escalones de aquella casa destartalada.

Ninguno de los dos dijo una palabra,

no hubo besos ni caricias,

fue tan sólo una agonía compartida.

Volvieron a encontrarse una semana después,

y luego otra,

y una más.

En cada ocasión fueron dejando en el otro

un pedazo de sí mismos.

No era difícil imaginar lo que ocurriría,

la llave del gas terminó lo que ya iniciara la vida.

En realidad no fue un suicidio,

no se puede matar a los muertos.

Como diría Faustina

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¿Quién cogerá mi mano en mi último aliento?

¿Quién agitará su pañuelo cuando arranque mi tren?

Todos los míos ya partieron,

no queda nadie para consolar mi congoja.

Mi vista está cansada

y mi corazón aún más.

Arrastró mi cuerpo corcovado con la ayuda de un bastón.

Ya no fumo;

el placer de una copa de vino

se esfumó con la conversación que ya no tengo con quien mantener.

Dicen en la tele que la esperanza de vida ha aumentado.

¡Qué fea es la vejez!

Como diría Faustina.

Llueve

Castro-Llueve

Llueve.

Ha vuelto a llover y el agua cala tus zapatos.

Parada sobre el espigón,

con la vista perdida en el azul,

aguantando los embates de las olas

que rompen contra grises bloques de cemento,

esperas como cada día su regreso.

Pero él no volverá.

Él no volvió.

Se lo trago el mar, como a tantos otros.

Ese mar en el que jugabais de niños,

el mismo en el que cruzasteis promesas y caricias,

el que os dio de comer durante tanto tiempo.

Ese mar traicionero que espera agazapado

el momento de cobrarse un tributo

por los tesoros que los hombres le arrebatan.

Hace cinco años ya,

pero tú, aún le esperas.