Mamá, quiero ser artista.

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Se apagaron las luces de la sala y poco a poco también fue apagándose el murmullo del publico. El sonido de los instrumentos de cuerda, viento y percusión inundaba el anfiteatro con una suave cadencia que fue incrementándose a medida que avanzaba la obertura. Un sólo foco iluminó el escenario, sobre el que pendía un telón de terciopelo rojo ajado por los años y el uso de dos funciones diarias. El director de orquesta agitaba su batuta con la misma fuerza y entusiasmo que si hubiera estado dirigiendo la sinfónica de Nueva York.

En el patio de butacas los niños y sus acompañantes, en algunos casos los padres y en otros las niñeras que lucían sus mejores uniformes de gala, esperaban expectantes el momento en que diera comienzo la función. La habían estado anunciando durante días por la radio, y las calles de la ciudad, en el fondo provinciana,  se había llenado de carteles multicolores con el nombre de la troupe y los artistas. Era domingo de Carnaval y los pequeños, disfrazados de piratas y princesas,  habían asistido esa misma mañana al desfile que la compañía había organizado por las calles principales del lugar. Payasos, malabaristas, bailarinas y actores habían repartido sonrisas, octavillas  y caramelos.  No faltaba ni un detalle. Para los benjamines de la casa el Hombre de Hojalata, el León y el Espantapájaros habían bailado una alegre danza mientras la dulce Dorothy interpretaba las melodiosas notas de “Over The Rainbow”. El Gordo y el Flaco, Charlot y los Hermanos Marx habían hecho reír a los presentes con su desparpajo y  sus bromas, y los adultos habían admirado los esculturales cuerpos de Marilyn y Rita, con un toque de  envidia ellas y con un pronunciado y oculto deseo sus maridos.

Al fin se alzo el telón y un elenco de actores y artistas de todo tipo empezó a desfilar por el escenario. Entre todos los asistentes al espectáculo, uno por encima de todos devoraba cada escena, cada movimiento, cada interpretación. María no podía parar quieta en la butaca, sus pies seguían el ritmo de las melodías mientras en voz muy baja canturreaba la letra de las canciones. A sus quince años soñaba con convertirse en actriz y con que un día su nombre iluminaría las marquesinas de neón que inundaban las aceras de Broadway. Por un momento cerro los ojos y dejó volar su imaginación. Sintió como el envolvente sonido de la sala la transportaba a un lugar distante lleno de luz y color y se vio a si misma subida al escenario con un largo vestido blanco bordado con plumas y lentejuelas. Junto a ella, un esbelto galán de pelo negro, con un diminuto bigote primorosamente recortado, se balanceaba al ritmo de Night And Day, sujetándola por su fina cintura de forma que ambos parecían volar por el entablado de madera de teka,  con una gracia y un ritmo semejante al que pudieran tener los mismísimos Fred Astaire y Ginger Rogers.

Los números se fueron sucediendo uno tras otro con gran deleite para todos los allí presentes que hacían verdaderos equilibrios para no desparramar por la sala el refresco y las palomitas de maíz dulce cuando aplaudían a rabiar. Algunos saboreaban un bombón helado o mascaban furiosamente caramelos de café con leche, que se les quedaban pegados a las muelas, o hacían globos con sus Bazookas. El recinto estaba lleno a rebosar y recordaba la concurrencia de las tardes de Circo en la Plaza del Rey, cuando Alfred Boutur se enfrentaba a los exóticos tigres traídos de la India y de Malasia; o Pinito del Oro se balanceaba en su trapecio a varios metros por encima de las cabezas de los espectadores.

Cuando la función llegó a termino  y todos los que habían intervenido en ella se subieron al escenario, acompañados de las autoridades locales, en un apoteósico final en el que no faltaron confetis y serpentinas, junto a docenas de globos de todos los colores, los niños no pudieron permanecer por más tiempo en sus asientos. Corrieron hacia delante en su afán de conseguir uno de aquellos preciados trofeos antes de que el gas los hiciera subir demasiado alto y se perdieran para siempre entre las vigas del techo o escaparan por alguna ventana hacia el negro cielo tachonado de estrellas. Algunos, como María, impregnados de la magia del espectáculo, dejaron escapar un suspiro y muy quedamente pronunciaron apenas cinco palabras: “Mamá, yo quiero ser artista.”

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