The Long, Hot Summer

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Era un día tórrido, el sol golpeaba sobre el asfalto hasta tal punto que parecía que de un momento a otro se fuera a derretir el cemento. Y a pesar de ello, el solar estaba atestado de gente bulliciosa que intentaba apurar los últimos coletazos de un verano abrasador.

Los niños corrían por el recinto jugando como pocas veces se ve ya en los parques infantiles. Con las toallas a modo de capa y espadas imaginarias hechas con la madera de algún tablón encontrado por el suelo, soñaban con ser mosqueteros o paladines de alguna heroica campaña. Otros escalaban los muros de algún castillo ubicado en lejanas tierras o las paredes de una elevada cumbre de montaña.

Con un ritmo vibrante y febril un grupo de personas trataba de seguir las indicaciones de una especie de gigante con una larga coleta negra, cuya voz a penas se dejaba oír entre los acordes de la música. Sus cuerpos empapados de sudor, se retorcían al ritmo de los tambores africanos, o de alguna melodía caribeña. De vez en cuando, con ese espíritu infantil que todos llevamos dentro, corrían hacia las piscinas de plástico y saltaban dentro de ellas salpicando a cuantos estaban a su alrededor con una alegría contagiosa además de con el agua correspondiente.

Reinaba un ambiente de fiesta en el que no faltaban algunos platos exóticos confeccionados con amor y con escasos ingredientes. Precios solidarios para acciones solidarias. Cantautores, poetas, payasos y alguna intervención ecológica. Buen rollo en general, como suele ocurrir donde hay buena gente.

Serían las tres de la tarde aproximadamente cuando en la puerta del recinto vi un pequeño remolino de personas entre las que se encontraban tres agentes del orden. Al parecer no todo el mundo estaba disfrutando del festejo. Un vecino de las inmediaciones se había quejado por el ruido y el bullicio. La alegría ajena no siempre es bienvenida.

No corrieron ríos de sangre ni hubo enfrentamientos violentos, ni siquiera de modo oral; hacía demasiado calor para eso. Tráfico de papeles, permisos y poco más, pero dejo una nota amarga en un hasta entonces agradable remanso de esa jungla de ladrillo que nos rodea y que hace reverberar al sol hasta que nos calienta las ideas y la mala leche.

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Mañanas de Domingo: El Rastro

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Nunca me canso de recorrer tus calles pero en las mañanas de domingo especialmente, me entusiasma la multitud que agrupas. Los visitantes ocaionales que miran boquiaiertos tus aceras mientras caminan apretujados y oliendo a sudor, esperando encontrar algún objeto que añadir a su colección de trastos inutiles. O aquellos que avezados por la experiencia son capaces de rebuscar en un cajón hasta dar con ese disco o esa lámina que antaño desearon y aún codician.
Me gustan tus tabernas, tus olores, la sinfonía de colores que componen la gama de tu vida. Me gusta retratarte y como asesino que vuelve al lugar del crimen yo vuelvo a tí cada domingo.

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