Esa cosa llamada amor

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Romeo era un tipo muy especial. Desde que yo le conocí hace veinte años siempre había estado enamorado. Después de todo que se podía esperar con ese nombre.

Primero se enamoró de Jimena, una dulce muchachita del pueblo de su abuela, con unas largas trenzas rematadas con lazos de colores, que olía a fresas del huerto que cultivaba su madre y al pan caliente que horneaba su padre en la tahona de la Calle Mayor. Le escribía largos poemas llenos de epítetos y glosas que pretendían explicar lo que él no podía. La conoció el verano anterior a que ambos cursáramos tercero de la E.S.O., y su amor y sus misivas duraron aproximadamente hasta el mes de noviembre, en que la distancia y los ojos verdes de una nueva alumna de la escuela en la que estudiábamos le hicieron desistir.

Marcela era una auténtica pizpireta, menuda, rubia, con una risa cantarina y un movimiento de caderas que ya hubieran querido para sí muchas bailarinas de cabaret. Tenía una larga melena que solía llevar suelta o recogida en una cola de caballo que le llegaba casi hasta la cintura. Era una experta en rodearse de lo mejorcito de la clase y no había un solo chico que no babeara a su paso cuando ella se dignaba a dedicarle una sonrisa. Para Romeo fue un flechazo instantáneo. Desde el mismo momento en que la vio entrar por la puerta del aula su mirada no pudo apartarse de ella; tanto es así que a menudo se olvidaba de copiar los apuntes de la pizarra y éramos los compañeros quienes teníamos que proporcionarle una copia de los nuestros para que pudiera seguir las clases.

La mañana en que por fin se decidió a hablar con ella habíamos tenido gimnasia. La sargento O’Neill, que era como llamábamos a aquella mala bestia que impartía la asignatura a golpe de silbato y a veces también de vara, nos había tenido corriendo durante una hora antes de hacernos pasar por toda clase de artilugios de tortura. Estábamos sudados y nuestro aspecto no era desde luego el más adecuado para solicitar una cita y mucho menos para una declaración amorosa, pero Romeo era impredecible. Íbamos camino de las duchas cuando justo antes de separarnos para entrar en los respectivos vestuarios de los chicos y las chicas se colocó delante de ella y ni corto ni perezoso le soltó esa pregunta tan simple que sólo se hace a tiernas edades: “¿Quieres salir conmigo?”. Creo que fue la primera vez que vi a Marcela quedarse sin palabras y probablemente también la única, la chica hablaba por los codos. El caso es que después de un par de minutos, que a todos se nos antojaron eternos, ella se echó a reír, no sé muy bien si de él, de la pregunta, o de la cara de angustia de su interlocutor, y con un tono absolutamente frívolo y un movimiento de cabeza propio de una película B dijo: “¿Porque no? Todo el mundo merece una oportunidad.”

Puede parecer por mi forma de expresarme que Marcela no me caía muy bien, nada más lejos de la realidad, lo cierto es que durante un tiempo fuimos amigas, no íntimas pero si amigas. Lo que ocurre es que mi amistad con Romeo era mayor y me dolió profundamente ver como estuvo jugando con él durante varios meses. Cada vez que ella le daba calabazas, él venía corriendo a llorar en mi hombro y a solicitar mi ayuda para reconquistarla. El tira y afloja duró hasta el final de curso y para entonces ya se había agotado mi paciencia y el de todo nuestro círculo más próximo.

Para abreviar un poco os diré que las temporadas estivales están fuera de mi alcance ya que no quise saber nada de lo que ocurría en los distintos lugares en que la familia de mi amigo pasaba sus vacaciones. En cuanto al resto digamos que sus amores duraban más o menos un curso escolar, aunque eso sí, cada vez que Romeo se enamoraba lo hacía de un modo absolutamente sincero, con esa clase de amor que cuando surge es para siempre, aunque no se sepa nunca cuanto va a durar. Tanto es así, que fue dejando muestras de su corazón por medio y país y parte del extranjero, grabadas en los troncos de los árboles, que parecían temblar cuando le veían aparecer navaja en mano como si un viento huracanado meciera sus ramas.

Cuando llegado el tiempo de elegir un camino que dirigiera nuestros destinos el grupo se disolvió y la mayoría dejamos de vernos, Romeo había bebido los vientos por al menos una docena de chicas. Su amor solía ser tan intenso como su inconstancia.

Durante algún tiempo mantuvimos el contacto, él me llamaba un par de veces al mes o cada vez que una de sus novias rompía con él y necesitaba a alguien que le consolara. Reconozco que yo siempre he sido buena a la hora de escuchar los problemas de los demás pero a veces me exasperaba y poco a poco nos fuimos distanciando. Al cabo de dos años apenas hablábamos pero seguíamos felicitándonos por los cumpleaños o en Navidad. Al cabo de cinco simplemente dejamos que nuestra amistad se diluyera en el tiempo.

Hace unos días mi hija de seis años me preguntó: “¿Mamá cuánto dura el amor?”. Tras la sorpresa inicial que me produjo escuchar dicha pregunta de boca de una tierna infante, mi mente dio un salto hacia atrás y me acordé de Romeo. Tarde varios minutos en volverme hacia ella, tratando de encontrar una respuesta que pudiera satisfacer su curiosidad infantil, pero ¿Cómo explicarle a una niña pequeña que hay amores que aunque duren un día son eternos y otros que aunque se prolonguen a lo largo de los años en realidad nunca existieron?, ¿Cómo decirle que el amor es un camino de doble dirección en el que a veces los amantes andan tan desacompasados que no llegan a coincidir nunca?, ¿Cómo se mide el amor?, ¿Cuánto dura esa dulce agonía?

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