A Federico (Y a todos los que como a él no pudieron acallar)

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Estaba hecho de la materia de los sueños,

pero no de unos sueños cualesquiera.

Ya de niño participó en grandes gestas,

el cuarto de juegos se convirtió en campo de batallas

y el teatro de la escuela en su universo.

Al crecer cambió la espada por la pluma

y con ella siguió buscando paraísos

donde los demás sólo veían estercoleros.

Desde su ventana veía a los pájaros volar

y se imaginaba a si mismo migrando con ellos

hacia tierras más cálidas y menos hostiles.

Su ciudad se le antojaba pequeña, le oprimía

y el quería ampliar horizontes.

Se sabía distinto y los demás también lo sabían.

Quiso luchar por la libertad,

por preservar los valores de sus héroes infántiles

pero se topó con un mundo real

en el que no tenían cabida los super hombres,

o quizás si, sólo que éstos no erán como los había imaginado.

Luego llego el amor, ese sentimiento que todo lo arroya

y que suele envejecer más rápido que quien lo siente.

Pero también en eso era distinto

y eran tiempos difíciles.

Cuando vinieron a buscarle para llevarle al paredón

no supo por cual de sus crímenes le condenaban.

Quizás fue por sus versos,

esas soflamas incendiarias que invitaban al pueblo a pensar,

o tal vez fue por los jóvenes mancebos

que entre gemidos de placer

dejaban su silueta impresa en las sábanas de lino.

Puede ser que su voz se escuchara demasiado

y no es educado pedir pan para el hambriento

en la mesa del general.

Estaba hecho de la materia de los sueños

y nos hicieron despertar.

 

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Mi vecino Andrés

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Cuando mi vecino Andrés me confeso que era gay lloré desconsoladamente. Yo estaba secretamente enamorada de él desde aquellos lejanos tiempos en que jugábamos juntos a las muñecas, saltábamos a la comba y nos maquillábamos en el tocador de mi madre. A falta de otras niñas en el barrio él siempre había sido mi mejor amiga. Compartíamos noches de pijamas, o mejor dicho de camisón, en los que Andrés siempre elegía aquellos que tenían más lazos y encajes. Bajo las sábanas compartíamos confidencias y medíamos el volumen de nuestras tetas.

Si yo no hubiera estado obnubilada por aquellos maravillosos ojos azules y sus cabellos rubios como la miel, que su madre se preocupaba de aclarar con no se que poción a base de agua oxigenada, todas aquellas señales deberían haber sido suficientes para que al menos me percibiera de que él era diferente de todos aquellos energúmenos que en clase le tiraban trocitos de tizas y en el recreo le hubieran linchado de no ser por mi buena puntería arrojando piedras.

Aún puedo recordar el día en que nos apuntamos juntos a clases de ballet y la llantina que tuvo el pobre cuando al final del curso doña Paquita, la estricta profesora de primero que ambos compartíamos, se negó a que saliera al escenario con un tutu rosa como el que llevábamos las niñas.

Cuando en verano las ventanas que daban al patio de luces permanecían abiertas por el calor, solíamos escuchar las discusiones entre sus progenitores. Su padre, don Manuel, un empleado de notarías, acusaba a su madre de estar malcriando al niño y convirtiéndole en un mariquita. Por aquél entonces ni él ni yo sabíamos que significaba aquella palabra. Lo aprendimos años más tarde, ya en el instituto, cuando las burlas se fueron haciendo más intensas y las palizas más frecuentes.

Tal vez por todo eso Andrés aprendió a disimular y a ocultar su condición sexual. Y lo hizo tan bien que ni siquiera cuando volvieron a asomar algunos nuevos indicios, como el que empezara a depilarse las cejas y el cuerpo, a muscularse en un gimnasio del centro y a compartir piso con un amigo en Chueca, quise darme por enterada de lo que estaba sucediendo.

Cuando al fin me presentó a Miguel y me dijo que eran pareja le odié con tal intensidad que creo que por mis ojos debieron de salir rayos y centellas. ¿Qué coño tenía ese chico que no tuviera yo?, aparte de lo evidente claro. Vale que era un morenazo de un metro noventa con una sonrisa radiante y un cuerpo de estatua griega, y que yo en los últimos años había cogido algunos kilitos, nada que no se pudiera solucionar con una buena dieta y algo de ejercicio. Ya hacía al menos dos o tres semanas que había decidido empezar y desde luego del lunes próximo no pasaba.

Cuando se me paso el berrinche les llame para disculparme y para suplicar que no me olvidara. Después de tantos años no podíamos romper nuestra amistad por un quítale allá esas moscas.

En los meses que siguieron Miguel y Andrés fueron introduciéndome en su círculo de amistades hasta que un día llegue a mi casa y le dije a mi madre: “Mamá, voy a operarme. Me voy a implantar un pene.” Mi madre me miró totalmente alarmada, con los ojos en blanco, la boca abierta intentando tomar aire para respirar y una expresión de horror como no había visto nunca desde que se incendió la casa del pueblo de mi abuelo.

–        ¿Pero qué dices? ¿Te has vuelto loca? ¿Es que quieres convertirte en un hombre?

–        No mamá, lo que quiero es ser gay.

Ella, anonadada, aún abrió más los ojos, hasta el punto de que aquello parecían dos faros en alta mar girando sin parar para alertar a los posibles navíos de su posición.

–        No entiendo nada.

–        Pues es muy sencillo. Se trata de echar cuentas.

–        ¿Tú que has bebido hija? ¿No estarás tomando drogas o alguna de esas cosas de las que hablan por la tele?

–        Verás. Siempre se ha dicho que cada hombre tocaba a siete mujeres y media. Si lo invertimos, eso quiere decir que cada mujer tocamos a menos de un séptimos de hombre. Si quitamos del cómputo de los varones a los niños, los ancianos y los homosexuales, la cifra se reduce considerablemente hasta el punto de que es posible que cada mujer toquemos como mucho a un cincuentavo de hombre. Así que ya me dirás como voy a encontrar pareja. Pero es que además casi todos los hombres guapos, simpáticos, y que están para comérselos que conozco son gays……

–        Lo dicho, tú te has tomao algo.

No llegué a operarme y tampoco me convertí en gay. Supongo que eso como todo en la vida hay que llevarlo muy adentro. Además, cuando empecé a acompañar a mis amigos en sus correrías y a participar en fiestas y desfiles a su lado, me di cuenta de que al igual que entre los heterosexuales no es oro todo lo que reluce y que no todo es glamour y lentejuelas. Vamos que el sexo no hace al hombre, aunque el hombre no pueda vivir sin sexo. Y para quién no se lo crea aquí va una muestra

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Bueno, vale, os dejo una imagen de Andrés y sus amigos.

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