La luz en el túnel

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Vivía bajo tierra, en los oscuros túneles de una nave semiabandonada que otrora albergó un mundo de aromas a tabaco. Sobre él se hallaba una extensa nave que en ocasiones hacía las veces de salón de baile. Y más allá en la distancia, a pie de calle, aún podía escucharse el sonido de la prisa, de una prisa que él ya no sentía.

Nadie sabía quien era, ni de donde venía. Para ser más exactos, muy pocos conocían su existencia y aún eran menos quienes se habían atrevido a dirigirle la palabra. Decían que estaba loco y tal vez hubiera algo de cierto.

Cada día, o cada noche, no estoy muy segura, iba llenando las paredes con retazos de  su vida. De una vida repleta de monstruos, de tabúes, de prohibiciones, mentiras y desengaños, pero también de luz, de pájaros, de juegos y de historias pintadas con todos y cada uno de los colores del arco iris de su memoria.

Algunas personas pasaban por allí ocasionalmente y se quedaban admiradas a la par que sorprendidas al contemplar su trabajo. Otros como yo, bajábamos a sus dominios de forma recurrente, como auténticos voyeurs atraídos tanto por sus dibujos como por aquel ser enjuto y callado que moraba en las entrañas de la que poco a poco se iba convirtiendo en la catedral del pueblo.

Un día dejamos de escuchar el suave roce de los pinceles y el ligero zumbido de los sprays. El olor de la trementina, de las resinas, los pigmentos y barnices dejo de atormentar nuestros sentidos. Alarmados comenzamos a buscar por todos  y cada uno de los recovecos de aquel laberinto de pasiones expulsadas de un alma sin duda atormentada. Nos dimos cuenta, demasiado tarde, de que no quedaba un sólo hueco, ni siquiera uno pequeñito, en donde seguir volcando sus ideas, sus sentimientos. Tal vez si hubiéramos estado más atentos podríamos haber hecho algo. No se, quizás borrar sus primeros dibujos a medida que la vida avanzaba, de forma que hubiera podido seguir, como si de una serpiente que se muerde la cola se tratara, vomitando su mundo interior.

Y se fue del mismo modo que había llegado, en silencio, sin que nadie pudiera despedirse. Y no se si era consciente de ello, o si al ingrato no le importábamos lo más mínimo, pero en el interior de todos nosotros nació un espacio vacío, un lugar que todos hubiéramos estado dispuestos a cederle para que continuara llenando de color nuestras vidas.

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