ROPA TENDIDA

Me despojé de mi piel

como quien se quita la camisa,

expuse mis vergüenzas

bajo la cruda luz del sol

y deje que todos me miraran,

desnuda, sin engaños ni patrañas.

Dejé a un lado las mentiras,

los sueños no cumplidos

los triunfos olvidados.

Permití que la lluvia me mojara

como moja el río las sábanas de mi cama

cuando voy a lavar al arroyo.

Y sobre la fresca hierba

caminé descalza

sintiendo  su suave tacto entre los dedos.

El viento acarició mis cabellos

y sin saber cómo volví a mi infancia,

cuando los niños del pueblo

jugábamos al escondite entre la ropa tendida,

cuando nos subíamos a las ramas de los cerezos

para degustar sus rojos frutos,

cuando nos cogíamos de la mano

camino de la escuela.  

Cuando aún éramos libres.

Foto y Texto: Conchita Meléndez

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EL MUELLE

Barría el viento las olas

y la noche oscura nos acariciaba la piel.

Sabíamos que no habría un mañana,

que nuestro tiempo había acabado

y sin embargo se respiraba una gran paz.

No era resignación sino la absoluta certeza

de que habíamos vivido intensamente,

de que nada nos quedaba por hacer.

Quizás los que vinieran detrás

lo harían mejor que nosotros,

tal vez ellos tuvieran un futuro.

Texto y Foto: Conchita Meléndez

JÓVENES

Eran jóvenes,

muy jóvenes,

casi unos niños,

pero ya habían empezado a verdecer.

Querían beberse el mundo a grandes tragos,

casi sin paladear.

Lo querían todo

y lo querían ya.

Habían nacido en un mundo sin guerras,

sin hambre,

sin monstruos oscuros, ni dragones,

o eso creían ellos.

Aún no sabían que el destino

acecha siempre a la vuelta de la esquina

dispuesto a hincarle el diente

a tan suculento manjar.

Pero no era tiempo de filosofar,

acababan de descubrir el vino

y el amor, el aroma del tabaco

y los juegos de azar.

La adrenalina corría por sus venas

y la música atronaba sus oídos

desde unos cascos conectados

a un móvil último modelo

cuya pantalla no dejaban de mirar.

Tenían seguidores,

amigos virtuales que nunca llegarían a conocer;

vestían a la moda,

jugaban a la play,

nada les estaba prohibido.

Luego llego la vida

esa dama caprichosa

que nunca es lo que esperábamos.

Ya no hubo juegos,

ni risas,  

los cantos de sirena se convirtieron

en bocinas de fábrica

y jornadas de nueve a seis.

A las valkirias de rubias trenzas

les crecieron raíces negras

y el rapero contestatario del barrio

se quedó calvo.

La crisis, la eterna crisis,

trajo el paro y los desahucios

y produjo una brecha insalvable

en su amistad.

Ya no hubo birras en el bar del barrio

ni partidas al futbolín,

como mucho algún like

en sus cuentas de Instagram.

Hoy he abierto la caja de galletas

y al contemplar sus caras en blanco y negro

me he preguntado,

¿De quién estoy hablando?

¿Cuándo ocurrió esto?

¿Ayer? ¿Hoy? ¿Mañana?

¿Siempre?

Sigo escuchando las mismas letanías

una y otra vez.

Los progresistas de antaño

son los carcas de hoy

y mi hija siente los mismos miedos

por los suyos que sintiera mi madre

a mis dieciséis.

Nos hacemos mayores

pero el mundo sigue tardando

365 días en girar.

Imagen y Texto : © Conchita Meléndez

DESPEDIDA

Despedida

Que Suerte He Tenido De Nacer

(Alberto Cortez / Cesar Gentilli)

Qué suerte he tenido de nacer,
para estrechar la mano de un amigo
y poder asistir como testigo
al milagro de cada amanecer.
Qué suerte he tenido de nacer,
para tener la opción de la balanza,
sopesar la derrota y la esperanza
con la gloria y el miedo de caer.
Qué suerte he tenido de nacer,
para entender que el honesto y el perverso
son dueños por igual del universo
aunque tengan distinto parecer.
Qué suerte he tenido de nacer,
para callar cuando habla el que más sabe,
aprender a escuchar, ésa es la clave,
si se tiene intenciones de saber.
Qué suerte he tenido de nacer,
y lo digo sin falsos triunfalismos,
la victoria total, la de uno mismo,
se concreta en el ser y en el no ser.
Qué suerte he tenido de nacer,
para cantarle a la gente y a la rosa
y al perro y al amor y a cualquier cosa
que pueda el sentimiento recoger.
Qué suerte he tenido de nacer,
para tener acceso a la fortuna
de ser río en lugar de ser laguna,
de ser lluvia en lugar de ver llover.
Qué suerte he tenido de nacer,
para comer a conciencia la manzana,
sin el miedo ancestral a la sotana
ni a la venganza final de Lucifer.
Pero sé, bien que sé…
que algún día también me moriré.
Si ahora vivo contento con mi suerte,
sabe Dios qué pensaré cuando mi muerte,
cuál será en la agonía mi balance, no lo sé,
nunca estuve en ese trance.
Pero sé, bien que sé…
que en mi viaje final escucharé
el ambiguo tañir delas campanas
saludando mi adiós, y otra mañana
y otra voz, como yo, con otro acento,
cantará a los cuatro vientos…
Qué suerte he tenido de nacer.
Gracias Alberto por tus canciones, por tus poemas, por haber nacido y habernos acompañado durante tantos momentos.

Poema de Alberto Cortez
Imagen de Conchita Meléndez