COLGADA

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Ayer te vi,

cruzabas la calle Mayor  cogido de su brazo y

una ancha sonrisa llenaba tu rostro.

La mirabas como hace tiempo me miraste a mí,

con esa especie de entendimiento

que lo dice todo sin decir nada y

que refleja la complicidad

que sólo los amantes parecen entender.

No habías cambiado,

no sé porque yo esperaba que fuera así,

pero tus ojos tenían el mismo brillo,

la misma serena mirada,

que un día fue mía.

Por un momento me pareció volver al pasado

y que era yo quien ocupaba su lugar,

que era mi pelo el que acariciaban tus manos,

y volví a sentir el susurro de tu voz en mis oídos.

Luego, al doblar la esquina,

El eco de tus pasos se perdió en la distancia

y  yo me quede mirando al vacío,

tratando de recordar porque se acabó todo.

No fue por ella,

De eso estoy segura,

Su llegada no hizo más que acelerar una despedida

que hace tiempo se perfilaba en tus labios.

Tal vez nunca lo sepa,

o quizá siempre lo he sabido

y  no quise entenderlo.

Los pájaros son espíritus libres

y  siempre acaban dejando el nido,

pero yo no supe  ni quise olvidarte.

Desde la primera vez que te vi

me quede colgada en el verde de tus pupilas

y en tu risa cantarina

y  ya no pude bajarme del tiovivo

que hace girar mi vida en torno a ti.

 

MIGRANTES

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Vinieron del sur,

traían el corazón lleno de esperanza

y arena en los zapatos.

Cruzaron el océano

huyendo del hambre y la miseria,

pero no son refugiados,

algunos ni siquiera existen,

son sólo “sin papeles.”

Se desloman la espalda

bajo un mar de plásticos

o vendiendo sucedáneos de moda

a quienes quieren que se vayan

porque “les quitan el trabajo.”

Viven en pisos pateras,

duermen en camas calientes,

comen comida basura,

rezan a un dios diferente.

Su música está llena de añoranza

de lo que dejaron atrás

y sin embargo siguen llegando.

No puedo dejar de preguntarme

qué es aquello tan horrible

que los empuja a jugarse la vida

por un futuro tan incierto.

EL DESCONOCIDO

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Sólo le vi una vez. Estaba al final de la barra del bar, apoyado sobre el mostrador. Delante de él había un vaso de wisky a medio terminar que su mano sujetaba con fruición. Se notaba que era un hombre joven aunque llevaba una larga barba blanca y  algunos  hilos plateados empezaban a blanquear sus sienes. Unos impresionantes ojos azules iluminaban  su rostro, a pesar de esa mirada triste que se perdía en el vacío.

Se notaba que la vida no le había tratado bien. O tal vez que había abusado de ella. Sus manos, que le temblaban ligeramente cada vez que levantaba el vaso, parecían duras y ásperas y estaban curtidas por el frío y el trabajo.

Saco un cigarrillo de un paquete de Malboro que había junto a él e hizo amago de encenderlo. El camarero, que se entretenía en sacar brillo a unos vasos con una gamuza de color azul le miró e hizo un gesto negativo con la cabeza. Con cara de fastidio el desconocido volvió a guardarlo. Apuró el líquido ambarino que quedaba en su copa, se colocó el sombrero sobre la cabeza y bajándose del taburete se dirigió a la salida con paso cansino.

Al pasar por mi lado vi que en la mano izquierda llevaba una pequeña campana que soltó un ligero tintineo al rozar una de las mesas. Abrió la puerta de la calle y una ráfaga de viento helado empujo hacia el interior algunos copos de nieve. Le seguí, no sé muy bien porqué, y tras unos minutos caminando bajo aquel frío desgarrador observé como se detenía en la esquina de la calle 42 con la Séptima Avenida, justo junto a la entrada del metro en el corazón de Times Square.

De pronto se abrieron las puertas de la estación y decenas de hombres y mujeres vestidos de rojo como él y luciendo también largas barbas blancas, salieron a la calle e inundaron las aceras. Fue entonces cuando me miró y soltando su característica carcajada, ¡Ho, ho ho! se señaló a sí mismo y movió la cabeza de arriba abajo, en un gesto que claramente indicaba: “Sólo yo soy de verdad, yo soy el auténtico.” Y yo le creí.

Aún permanecí allí unos segundos mientras veía como aquella jauría humana se iba dispersando  por todo el Midtown y mi desconocido se perdía entre ellos. Luego, volviendo sobre mis pasos me dirigí de nuevo hacia Murray Hill, hacia el calor de mi apartamento en donde aquella noche le escribí una extensa carta a Santa Claus.

LLEGO PARA LA PRIMAVERA

partir

Llego para la primavera
como una brisa fresca y clara.
Se instaló en mi corazón
como si fuera su casa.
Pasó el verano jugando en la orilla del mar
con la mirada perdida en el horizonte.
En otoño empezó a construir barquitos de papel
que depositaba en las acequias de mi calle.
Cuando el invierno hizo acto de presencia
hacía tanto que se había marchado
que apenas quedaba un recuerdo.
A veces dudo si fue real
o tan sólo un sueño inventado.