SUEÑO

(Para un amigo, para su madre, para todas las madres que han perdido a sus hijos, para todos los hijos que han perdido a sus padres)

Sueño,

sé que estoy soñando

aunque tengo la impresión de estar despierta.

Camino por un cementerio

sin tumbas, sin cruces,

sin muertos.

Busco tu nombre entre las inexistentes lápidas,

un lugar donde depositar las flores que no llevo,

los abrazos que no pude darte,

las palabras de consuelo

que nunca salieron de mi boca.

Pienso en tu madre,

la de verdad, la que te dio la vida,

y no puedo imaginar

cuan desgarrada se halla.

Si entiendo el dolor de tu mujer,

yo ya anduve por esos senderos

y créeme no hay consuelo,

ninguna palabra es suficiente.

Pero una madre,

¿cómo comprender su pérdida?

Ella que te llevo en su vientre,

que hubiera trocado su vida por la tuya,

que perdonó todos tus pecados

y aplaudió todos tus triunfos,

hasta los que no lograste,

¿qué bálsamo hay que suavice su pena?

Oigo un grito en la distancia

y me despierto con el corazón acelerado,

las lágrimas inundan mis mejillas,

no sé si aún estoy soñando.

Imagen y Poema © Conchita Meléndez

DESDE LAS NUEVE

Poema de Constantino Cavafis

Doce y media. Rápido pasó la hora

desde las nueve cuando encendí la lámpara

y me senté aquí. Estaba sin leer,

y sin hablar. Con quién hablar

enteramente solo en esta casa.

La imagen de mi cuerpo joven,

desde las nueve cuando encendí la lámpara,

vino y me encontró y me recordó

cerradas piezas perfumadas,

y pasado placer, ¡qué atrevido placer!

Y también me trajo ante los ojos,

calles que ahora se volvieron inconocibles,

locales llenos de movimiento que se acabaron,

y teatros y cafés que alguna vez existieron.

La imagen de mi cuerpo joven

vino y me trajo también las cosas tristes:

duelos de la familia, separaciones,

sentimientos de los míos, sentimientos

tan poco apreciados de los muertos.

Doce y media. Cómo ha pasado la hora.

Doce y media. Cómo han pasado los años.

© Imagen de Conchita Meléndez

MADRID

Estoy ligada a ti.

Soy como un naufrago en una tierra estéril

que no fabrica más que humo y cemento.

Nunca tuve ni patria ni banderas

y sin embargo en la distancia

me sorprendo añorando tus calles y tus plazas,

tus tabernas con  olor a fritanga y a cerveza,

tus mercados en los que nada falta,

las voces de los niños en los parques

y ese arco iris de razas y culturas que pulula por tus barrios.

Cuando en las largas tardes del verano

me asomo a la venta,

diviso un mar de tejados infinito

y un horizonte indefinido de neblina

oculta al sol en su descenso.

No tienes playas, ni montañas,

ni bosques de castaños o eucaliptos.

A veces me cuesta respirarte

y sin embargo cuando recorro los senderos del Retiro,

ese inmenso jardín que en ti reside,

siento una paz casi infinita,

y al son de los tambores africanos

me transporto sin duda al paraíso.

Te he visto mudar y transformarte.

Trocaste las corralas en gigantes,

ya no conozco a mis vecinos

ni percibo el olor del cocido en la escalera.

Las basuras se reciclan en bolsas de colores

en las que hurgan los mendigos en la noche

esperando encontrar algo que vender en el rastrillo de Atocha

y así, comprar ese cartón de vino

que haga menos frías sus noches y sus sueños.

Cuantos cambios.

Las parejas siguen invadiendo tus caminos

pero ya no van de la mano,

y si lo hacen

seguramente comparten la espuma de afeitar

al tiempo que sus besos.

Hasta las putas son distintas.

Esa muchacha llegada de algún pueblo

con la vergüenza rota y una boca que criar

cedió su puesto a la princesa de las canciones de Sabina,

más rota aún por cicatrices y papelas de heroína,

y ésta a su vez,

tuvo que echarse a un lado

cuando las hordas del este invadieron sus esquinas,

cual conquistadores de antaño,

tomando posesión de nuestras calles.

Sus chulos ya no son secretas,

ni éstos revenden entradas de la Feria,

y ante la puerta grande, se manifiestan

desnudos y cubiertos de sangre

quienes abogan por abolir la fiesta de los toros.

Abruma la violencia.

Las paredes se llenan de carteles

y los comerciantes contratan quinceañeros

que les pinten grafitis en los cierres.

Cuantos cambios.

Cuantas veces he visto el asfalto desgarrado

por esas obras infinitas que nunca acaban,

que hieren mi ciudad de parte a parte,

como llaga abierta en un cuerpo cuajado ya de cicatrices.

Y a pesar de todo te quiero,

llevo tu sangre entre mis venas

como ese simulacro de río que atraviesa las tuyas

y al cual mi madre quiere que arroje sus cenizas.

Las mías esparcirlas por el aire ya contaminado

y dejad que el viento se las lleve

flotando sobre ese cementerio de antenas de tu urbe.

Así, siempre estaré presente en tu recuerdo.

FOTOS Y TEXTO: © CONCHITA MELÉNDEZ

LAS LLAVES

Mi puerta estaba siempre abierta para ti,

incluso cuando yo no estaba                

dejaba las llaves colgando de un clavo

para que pudieras entrar.

Me gustaba verte en la cancela

y respirar ese olor a prado y a tabaco

que siempre te precedía.

Recuerdo como la luz del mediodía

dibujaba tu silueta  al abrir el portón,

y el ladrido de tu perro

que siempre era el primero en saludar;

la forma en como movía el rabo

buscando alguna golosina

en los bolsillos de mi delantal.

Recuerdo el cosquilleo de tu barba

y la árida rudeza de tus manos curtidas

por años de trabajo en el sembrado;

La dulce música de Chopin

que arrancabas a las teclas del piano,

de ese piano viejo que fue de mi madre

y que nadie había tocado en años

hasta que llegaste tú.

Recuerdo el porche y la mecedora

y nuestras conversaciones sobre Lorca y Pirandello,

con un vaso de té helado al caer la tarde.

Nunca me dijiste de donde venías,

cual era tu patria o sí tenías familia,

nunca supe quien eras realmente

y tampoco te lo pregunté.

Adivinaba en ti un pasado lejos de los campos de cultivo,

más propio de un maestro o un poeta.

Había en tu porte algo distinguido

a pesar de tus ropajes desgastados.

La mirada huidiza de tus ojos,

siempre alertas a cualquier movimiento,

me hizo suponer que huías de algo,

o de alguien, o tal vez de las dos cosas.

El azul, el profundo azul de tus pupilas

destellaba en tu rostro

como el sol hace brillar  al mar cuando se pone.

Tu voz cansada, rota y a veces muda,

con esa entonación de cierrabares

que yo también conocía,

no en vano mi padre fue experto en esas lides.

Todo el mundo supuso que éramos amantes,

incluso yo llegue a creerlo en algunos momentos

aunque nunca cruzamos besos ni caricias.

Me sentía más cerca de ti de lo que nunca estuve de nadie.

Me gustaba cuando me leías al abrigo de la chimenea

y cuando al llegar el otoño íbamos a recoger setas

entre hayedos y robledales.

Yo cocinaba para ti las trompetas y los rebozuelos

y su dulce aroma afrutado se mezclaba

con el de las rojas bayas de los arándanos

y las grosellas de mi jardín.

Luego, al llegar la noche, tú regresabas a tu casa,

apenas unos metros distante de la mía,

y yo me quedaba en la ventana

viendo a Canelo correr entre tus piernas.

Entonces llegaron ellos,

con sus perros de presa y sus miradas hoscas.

Te sacaron a rastras de tú casa

con la camisa rasgada y el rostro roto.

Yo quería correr hacía allí

pero vi tu mirada de suplica

diciéndome que no lo hiciera

y el miedo hizo el resto.

La última vez que nos vimos,

entre paredes sucias y mal encaladas,

con una reja de por medio,

supe que te habían vencido pero no doblegado.

Tu espíritu seguía intacto

habitando en un cuerpo desnutrido.

Al día siguiente, de madrugada,

me acerqué hasta la tapia

que separa la iglesia del penal

y allí, junto a otras mujeres, madres y esposas,

esperé hasta que las campanas tocaron a muerto.

Oímos el estallido de los disparos

como una traca de fuegos artificiales

en la fiesta del Patrón.

Luego se hizo el silencio

mientras las lágrimas anegaban los rostros desconsolados

de los allí presentes.

No hubo gritos.

El dolor era tan intenso que el aire no traspasaba las gargantas.

Y del mismo modo que habíamos llegado

nos fuimos alejando,

cada cual con su angustia a flor de piel

pero sin dejar que atravesara nuestros labios.

Y se acabaron las risas

y el sonido del piano

y el aroma de las setas

y las lecturas junto a la chimenea

y Canelo ya no meneaba el rabo.

Texto e Imagen de Conchita Meléndez