LADY

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DAMA (LADY)

(Letra y música de Kenny Rogers)

Dama, soy tu caballero en una armadura brillante
y te amo
Me has hecho lo que soy
y soy tuyo
Mi amor, hay tantas maneras
en las que quiero decir te amo
Déjame sostenerte en mis brazos para siempre

Te has ido y me dejaste en ridículo
Estoy tan perdido sin ti
Y oh, nos pertenecemos
¿No crees en mi canción?

Dama, por tantos años
pensé que nunca te encontraría
Has venido a mi vida
y me haces completo
Por siempre déjame despertar
y verte cada mañana
Déjame escuchar tu susurro suavemente en mi oído

En mis ojos no veo a nadie más que a ti
No hay otro amor como nuestro amor
Y si, oh si,
siempre te querré cerca de mí
He esperado tanto tiempo por ti

Dama, tu amor es el único amor que necesito
Y a mi lado es donde quiero que tu estés
Porque, mi amor,
hay algo que quiero que sepas
Eres el amor de mi vida, eres mi dama

LA VIEJA DE LAS PALOMAS

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Estaba allí sentada, en medio de aquel batiburrillo de coches aparcados por doquier y un mar de palomas.

Completamente vestida de negro, con el color de ese luto perpetuo que adquieren algunas mujeres cuando la vida les quiebra el alma en algún momento indefinido de su existencia, soportaba el tórrido sol que amenazaba con descomponernos a todos en pequeños charcos innavegables.

El día había amanecido duro y a las doce de la mañana la canícula golpeaba con furia sobre el nutrido grupo de turistas que se apiñaban junto a la puerta de entrada del Centro Portugués de Fotografía, aquel edificio señorial, enclavado en la Judiaria de la ciudad de Oporto y tras cuyas paredes otrora existió una cárcel.

Nadie la prestaba atención, cada uno ocupado en sus propios pensamientos, o conversando con amigos o parientes compañeros de aventuras. Parecía que sólo yo me hubiese percatado de su existencia. Durante un rato observé como con movimientos lentos introducía sus manos artríticas y deformadas en una gastada bolsa de plástico y tras extraer de ella un mendrugo de pan, lo iba desgranando poco a poco para arrojárselo a aquellos animales que se arremolinaban a su alrededor y se lanzaban feroces sobre cada una de las migas esparcidas por el suelo.

Sin poder evitarlo me acordé de la escena de una película que viera de niña, Mary Poppins, en la que otra anciana, no muy distinta de la que tenía delante, sentada sobre los sucios escalones de la Catedral de St. Paul’s en Londres, se ocupaba también de alimentar a las aves, “…Compre usted migas de pan, dos peniques cuestan, no más…..” y recordé la tristeza que me produjo ya entonces aquella imagen, aunque en aquel momento no supiera el porqué.

Podría haberme acercado a ella, sentarme a su lado y tal vez haber intentado un connato de conversación, seguramente no muy fructífera dado lo limitado de mis conocimientos de su lengua, pero no lo hice. No sé si porque con ello habría borrado la magia de la escena y las reminiscencias de mis sueños infantiles o tal vez fuera simple dejadez. Me limité a hacer un par de fotos y seguí mi camino. Sólo al volver a casa y contemplar las imágenes sentí que algo de mí se había quedado en aquella plaza con la vieja dama de las palomas.

FUE LA ÚLTIMA NOCHE

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Fue la última noche que pasamos juntos.

Al despertar tú ya te habías ido.

Arranqué las sábanas de aquellas dos camas gemelas

que te empeñaste en comprar.

“Es mucho más práctico”, me dijiste.

Y yo, tonta de mí, no comprendí que aquello no era un buen comienzo.

La luz de la calle se filtraba a través de la ventana

mientras en mi interior se apagaba la vela de la esperanza,

de las promesas rotas y las caricias escasas.

No fue una sorpresa, hace tiempo que lo veía venir,

pero nunca estamos suficientemente preparados para el fracaso.

Ahora toca comenzar de nuevo.

Toca escuchar las bienintencionadas palabras

de los amigos que intentan apoyarte

sin comprender que nada será igual,

que tú eres distinta.

Toca ver las miradas de soslayo y las irónicas sonrisas

del “ya te lo advertí”, de los que se creen inmunes al desamor.

Toca pasar página a la vida

y toca perdonar y perdonarnos por los errores que

unos y otros cometimos ayer.

María La Portuguesa

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Como cada día se sentó en el quicio de la puerta a ver pasar el tiempo, a contemplar las caras de los viandantes con la esperanza de que alguna fuera conocida, a esperar la llegada del cartero para ver si traía alguna noticia del otro lado del mar.

Hacía tanto tiempo que ellos habían partido. Sus tres hijos se habían marchado a buscar fortuna a esa tierra que parecía prometerlo todo a todos, pero que sólo unos pocos habían conseguido conquistar. Primero fue Joao, el mayor, harto de faenar en aguas del atlántico para apenas ganar un menguado sustento que no alcanzaba para alimentar tantas bocas. Dos años más tarde le siguió Amando, que acudió al reclamo de su hermano para trabajar en las minas de oro en Minas Gerais, al sudeste de Brasil.

Años después, sería Amalia, la menor de su prole quién, acompañada de su esposo Luis, marcharía hacía Francia  buscando un futuro mejor. Al partir, dejaron a su cuidado a los dos nietos habidos del matrimonio pero una vez que se establecieron en el país volvieron a por ellos dejándola en completa soledad. Su marido hacía mucho que había fallecido y no le quedaban parientes en aquella ciudad con un cierto aire británico en la que antaño se asentaran los comerciantes de vino ingleses.

Los primeros años estuvieron plagados de cartas y misivas que algún vecino amable e ilustrado le leía a la luz de la lumbre mientras degustaban una copita de Oporto. Luego, con el tiempo, la distancia entre una epístola y otra se fue alargando y las promesas de volver a por ella quedaron en el vacío, ese vacío que a menudo engulle los buenos deseos cuando la vida corre paralela a los sueños sin llegar a tocarlos.

María sabía que no volvería a verlos, pero aun así, no dejaba de cumplir su ritual de cada día y pacientemente se sentaba en aquel escalón viendo pasar la vida, charlando con alguno de los muchachos que jugaban en la calle o con los parroquianos del bar de al lado. La esperanza es el sueño del hombre despierto, decía Aristóteles, y aquella mujer mantenía sus ojos bien abiertos y el sueño distante por si acaso.

BRINDIS

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Brindo por ti,

por la alegría de haberte tenido a mi lado

por tu sonrisa siempre generosa,

por tu don de hacer felices a quienes te rodean.

Hoy no recordaré tus desplantes,

ni el dolor de la perdida compartida,

ni las lágrimas que derramé en silencio.

Hoy sólo pensaré en cómo te añoro

y alzaré mi copa en tu ausencia

para celebrar que aún sin ti

estoy contigo.