María La Portuguesa

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Como cada día se sentó en el quicio de la puerta a ver pasar el tiempo, a contemplar las caras de los viandantes con la esperanza de que alguna fuera conocida, a esperar la llegada del cartero para ver si traía alguna noticia del otro lado del mar.

Hacía tanto tiempo que ellos habían partido. Sus tres hijos se habían marchado a buscar fortuna a esa tierra que parecía prometerlo todo a todos, pero que sólo unos pocos habían conseguido conquistar. Primero fue Joao, el mayor, harto de faenar en aguas del atlántico para apenas ganar un menguado sustento que no alcanzaba para alimentar tantas bocas. Dos años más tarde le siguió Amando, que acudió al reclamo de su hermano para trabajar en las minas de oro en Minas Gerais, al sudeste de Brasil.

Años después, sería Amalia, la menor de su prole quién, acompañada de su esposo Luis, marcharía hacía Francia  buscando un futuro mejor. Al partir, dejaron a su cuidado a los dos nietos habidos del matrimonio pero una vez que se establecieron en el país volvieron a por ellos dejándola en completa soledad. Su marido hacía mucho que había fallecido y no le quedaban parientes en aquella ciudad con un cierto aire británico en la que antaño se asentaran los comerciantes de vino ingleses.

Los primeros años estuvieron plagados de cartas y misivas que algún vecino amable e ilustrado le leía a la luz de la lumbre mientras degustaban una copita de Oporto. Luego, con el tiempo, la distancia entre una epístola y otra se fue alargando y las promesas de volver a por ella quedaron en el vacío, ese vacío que a menudo engulle los buenos deseos cuando la vida corre paralela a los sueños sin llegar a tocarlos.

María sabía que no volvería a verlos, pero aun así, no dejaba de cumplir su ritual de cada día y pacientemente se sentaba en aquel escalón viendo pasar la vida, charlando con alguno de los muchachos que jugaban en la calle o con los parroquianos del bar de al lado. La esperanza es el sueño del hombre despierto, decía Aristóteles, y aquella mujer mantenía sus ojos bien abiertos y el sueño distante por si acaso.

BRINDIS

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Brindo por ti,

por la alegría de haberte tenido a mi lado

por tu sonrisa siempre generosa,

por tu don de hacer felices a quienes te rodean.

Hoy no recordaré tus desplantes,

ni el dolor de la perdida compartida,

ni las lágrimas que derramé en silencio.

Hoy sólo pensaré en cómo te añoro

y alzaré mi copa en tu ausencia

para celebrar que aún sin ti

estoy contigo.

LA FERIA

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Y  nosotros  salimos  ganando  porque  la  feria  de Zapotlán se  hizo  famosa  por  todo  este   rumbo.   Como   que   no   hay   otra   igual.   Nadie   se   arrepiente   cuando viene   a pasar  esos  días  con  nosotros.  Llegan  de  todas  partes,  de  cerquitas  y  de  lejos,  de  San  Sebastián  y  de  Zapotiltic,  de  Pihuamo  y  desde  Jilotlán  de  los  Dolores.  Da  gusto  ver  al  pueblo  lleno  de  fuereños,  que  traen  sombreros  y  cobijas  de  otro  modo,  guaraches  que  no  se  ven  por  aquí.  Nomás  al  verles  la  traza  se  sabe  si  vienen  de  la  sierra  o  de  la  costa. Muchos  tienen  que  quedarse  a  dormir  en  los  portales,  en  el  atrio  de  la  Parroquia  o  en  la  plaza,  junto  a  los  puestos  de  la  feria,  porque  no  hay  lugar para tanta gente. En todas las casas hay parientes de visita y duermen de a   tres   y   de   a   cuatro   en cada   pieza.   Los   corrales   se   vacían   de   gallinas   y guajolotes. Y no hay puerco gordo, ni chivo, ni borrego que llegue vivo al Día de la Función…

Fragmento de la Novela “La Feria”,  de Juan José Arreola

LA CÁNICULA

Cánicula

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No mueve el viento una hoja,

el sol está en lo más alto,

sale fuego del asfalto

y yo empapada en las sábanas

siento que me estoy liquando.

No hay flores en los cerezos,

ni niños jugando  en la plaza.

Un silencio sepulcral

invade las calles de mi barrio

esperando que pase la cánicula

para poder al menos respirar

sin sentir fuego en las entrañas.

De pronto una gota

golpea los cristales de mi ventana

y veo como el tenúe visillo se agita

apenas un segundo.

Falsa alarma,

la vecina está regando las macetas.

HERIDO DE AMOR

Dresde-01

Amor, amor, que está herido,

herido,

de amor huido.

Herido,

muerto de amor.

Decid a todos que ha sido

el ruiseñor.

Herido,

muerto de amor.

Bisturí de cuatro filos,

garganta rota,

y olvido.

Cógeme la mano, amor,

que vengo muy malherido,

herido,

de amor huido.

Herido,

muerto de amor

(Poema de Federico García Lorca)